La desorientación se debe en parte a la pérdida de un horizonte fijo. Y con la pérdida del horizonte comienza también la retirada de un paradigma estable de orientación que ha establecido a lo largo de la modernidad los conceptos de sujeto y objeto, de tiempo y espacio. Al caer, las líneas del horizonte estallan, giran y se superponen. (...) Nos estamos acostumbrando cada vez más a lo que antes se denominaba la visión del ojo de Dios. Por lo tanto, también percibimos que decrece la importancia de un paradigma que durante largo tiempo ha dominado nuestra visión: la perspectiva lineal. (Steyerl, 2014, p.17)